DEJAR DE TEMER A LA MUERTEPublicado por Juan de Jesús y María el junio 3, 2010 a las 12:30am
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.1. Queridos hermanos en el seno de la Iglesia de Cristo y María. La muerte no debe asustarnos si le pedimos a Dios la gracia de ser fieles a su santa Iglesia. Necesitamos pedir la gracia de la perseverancia para vivir una vida siempre vinculada al Misterio de la Única Iglesia. El Misterio de la Iglesia es Cristo. Abrazados a la Iglesia, estamos abrazados a Cristo, y entonces el temor a la muerte desaparece y surge la esperanza de una Nueva Vida después de morir.
Al morir despertaremos a la vida que hemos cultivado en el alma por medio de una vida sacramental sincera, aunque con fallos, pero sincera y entregada. Se abrirán los ojos del alma y se cerrarán los del cuerpo, y contemplaremos lo que se ha cultivado en ella; o sea, lo que hemos dejado que Dios restaure y renueve en ella... Y Él quiere modelar a su Hijo en nosotros y con nosotros.
Pero si solamente hemos vivido para darnos gustos egoístas, si sólo hemos existido para hacerle caso a lo que nos propone el mundo, satisfaciendo nuestra bajas inclinaciones de búsqueda de placer, autoestima, diversión, fama, poder, posesión y curiosidad; y no hemos permitido que nuestra alma camine acompañados por Dios hacia la Patria del cielo; entonces el panorama que veremos será desastroso, pues despertaremos alejados de Dios -quien es fuente de bondad, verdad, orden, belleza y bienaventuranza- y sólo percibiremos maldad, tiniebla, confusión, horror y sufrimiento.
Si no hemos cultivado aunque sea un poco de la realidad moral, o sea de la Ley de bondad de Dios, la cual es requisito para tener vida espiritual, cumpliendo con sus normas básicas: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, “Haz el bien y evita el mal” Y “Haz a los demás lo que quieras para ti”; y no hemos sido solidarios y respetuosos con el ser humano y con la naturaleza; entonces nuestra alma -a la cual sometimos a la inanición- desplegará de su interior un mundo de horror.
Si no hemos cultivado la vida espiritual verdadera, y no hicimos caso al mensaje de salvación del Evangelio, entonces nos encontraremos que la temida muerte maligna se continúa después morir -lo cual es condenación, es decir, muerte del alma al quedar alejados de la vida de Dios-, quedando inmersos en una dimensión de sufrimiento, frustración, tristeza, oscuridad, frío, caos e impotencia.
2. Pero si a pesar de la oposición del mundo y de nuestras malas inclinaciones, decidimos amar, perdonar y hacer el bien, no obstante se nos pagara con humillaciones y rechazos; entonces al abrir los ojos después de morir brillará para nosotros un Sol de amor, armonía y belleza que no se apaga nunca.
Y si fuimos fieles a los Sacramentos de la santa Iglesia, y siguiendo la Doctrina de Cristo amamos a nuestro prójimo, sea amigo o enemigo; y si dejamos que Cristo fuese dado a Luz y creciera en nuestro ser, por medio de María Santísima y la santa Iglesia; entonces al morir y abrir los nuevos ojos en la Resurrección, veremos con alegría y asombro que Dios es el Sol que da vida y enciende de Vida eterna todo nuestro ser y, que a la vez formamos parte de Él, pues nos lleva en su seno.
Si por gracia nos hemos negado y aceptado la Cruz del Señor, y sostenidos por Él perseveramos hasta el fin terreno; entonces Cristo, quien de manera casi imperceptible permaneció conformándose en nosotros, nos llevará a donde Él esté, o sea a la Vida que no tiene fin y que ya no contiene muerte:
“Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” (Jn 11, 23-26).
Ésta es nuestra fe, y si hemos creído en Él y lo hemos amado con todo nuestro ser; desde ahora, en esta vida, ya somos parte en su resurrección; y entonces sucede que en la Santa Misa, donde se rememora y actualiza el misterio pascual (institución de la Eucaristía, pasión, crucifixión, muerte y resurrección), nos volvemos testigos y parte de su resurrección por obra y gracia del Espíritu Santo en los Sacramentos de la santa Iglesia.
Que el Dios de Amor, Bondad y Vida nos permita vivir inmersos en la Vida eterna aun existiendo en esta realidad tan difícil, para que podamos vivir la vida y la muerte de Cristo y podamos expresar también:
“La muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” (1Co 15, 55).
“¿O ignoráis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados para participar de su muerte?” (Rm 6, 3).
…Y si participamos de la muerte de Cristo por consecuencia participamos de su gloriosa resurrección. Permaneciendo en Cristo la muerte ya no amedrenta pues Él, con su sacrificio de amor, la transforma en puente para la Vida eterna feliz.
Cordialmente: JJyM.
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